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En estos días posteriores al trágico suceso de Malasia, no se ha dejado de hablar del mismo y de publicar noticias sobre las investigaciones del accidente. El accidente efectivamente debe ser investigado para prevenir futuras desgracias pero lo que no podemos hacer ahora es ponernos a buscar culpables.
Quizás, y digo quizás, porque nunca lo sabremos, éste era el destino del 58. Marco Simoncelli nació para vivir subido en una moto, para vivir sobre dos ruedas, para correr, para competir, y quien sabe, si para despedirse practicando esa actividad que amaba y que como decía, es la actividad para la que vino al mundo.
El 20 de enero de 1987, en la pequeña ciudad de Cattolica (Italia), abría los ojos por primera vez Marco Simoncelli o Pippo, como le apodaban quienes más le querían. Empezó a conducir su carrito a la edad de tres meses, a los dos años ya montaba en patinete y a los cuatro pilotó su primera moto. Cuando cumplió siete años, su padre le apuntó a un campeonato para niños, sin saber todavía que este gesto supondría su gloria y su desgracia. Y es que la gloria y la desgracia a veces van de la mano, como ya nos anticipaban en la antigua Grecia.
Un oráculo le dijo a Tetis que si Aquiles iba a la guerra, tendría una vida corta pero intensa y con gloria inmortal. Por el contrario, si se quedaba tendría una vida larga y tranquila. Al decírselo a Aquiles, éste decidió elegir la gloria y partió a la guerra, dejando a Tetis con lágrimas en los ojos, ya que sabía que encontraría la muerte bajo las murallas de Troya.
Como un auténtico Aquiles, Simoncelli alcanzó la gloria en el mismo lugar donde perdería la vida. El domingo 19 de octubre de 2008, a los 21 años de edad, se proclamaba campeón del mundo de motociclismo en la categoría de 250cc. En ese mismo lugar en donde un día corrió el champain, tres años más tarde, a la cortísima edad de 24 años, ocurrió la desgracia que dio lugar a las lágrimas.
El piloto de la melena, el polémico a la vez que simpático Marco Simoncelli no volverá a correr en los circuitos, pero las veces que lo hizo no serán olvidadas para los que amamos este deporte en el que cada fin de semana un grupo de jovecísimos pilotos, arriesga la vida para cumplir un sueño y para darnos uno de los espectáculos más bonitos que existe en el mundo.
Solo me queda decir una cosa: grazie Marco
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